Autor de edificios emblemáticos de Sevilla, como la Plaza de España o los pabellones de la Plaza de América en el Parque de María Luisa, su primera obra sacra será la fachada de la capilla del sagrario de la iglesia del Santo Ángel, de 1904. Pero como señala el arquitecto e investigador Víctor Pérez Escolano, su primera edificación religiosa de envergadura es el edificio de los jesuitas y la capilla de los Luises en la calle Trajano, proyectada y construida entre los años 1916 y 1920, con un leguaje neogótico determinado por su carácter religioso, y realizada en ladrillo, destacando el diseño de los huecos de la fachada, el labrado de las cenefas y de la puerta así como el interior de la capilla, con bóvedas de crucería y que cuenta con un zócalo de azulejos del pintor Gustavo Bacarisas.
El uso del ladrillo y de la cerámica trianera facilitaron que desde el principio se convirtiera en un símbolo de la arquitectura regionalista sevillana, a pesar de sus evidentes influencias del mudéjar aragonés, especialmente en la torre, cuyo remate ya había sido usado por el arquitecto en la torrecilla de la casa de la avenida de la Constitución, esquina con la calle García de Vinuesa, realizada entre 1915 y 1917.
Su último proyecto religioso es la basílica de la Inmaculada Milagrosa en los terrenos de la Huerta del Rey, la cual no fue construida, comenzándose únicamente los cimientos e interrumpiéndose las obras tras la muerte de Aníbal González en mayo de 1929. Un año antes se había producido el acto de la bendición y colocación de la primera piedra por el cardenal Ilundáin, que contó con la presencia del rey Alfonso XIII. Se trataba de una gran iglesia neogótica de dimensiones colosales, con dos torres de 100 metros de altura que rivalizarían con la Giralda, acompañada de un complejo educativo no menos fuera de escala.















